Nuestra Fe

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¿Qué es la Iglesia Anglicana?

Una Iglesia histórica

Los libros escolares de historia suelen decir que la Iglesia Anglicana fue inventada por Enrique VIII para legitimar su divorcio. No obstante, debemos decir que la participación de Enrique VIII en la vida de la Iglesia Anglicana consistió en independizarla de la jurisdicción romana. La Iglesia se encontraba en un proceso de reforma que culminaría en el tercer reinado posterior al citado Enrique.
Tan antigua es la presencia del cristianismo en Gran Bretaña, que algunas tradiciones dicen que su fundador fue José de Arimatea, e incluso hay otras que sugieren un viaje misionero del propio San Pablo como origen del anglicanismo.
Sea como sea, el primer hecho histórico que podemos mencionar es la presencia cierta de tres obispos ingleses en el Concilio de Arles, celebrado el año 313.

Una Iglesia reformada
El redescubrimiento de la doctrina de la justificación por la fe por parte de Lutero echó a andar un proceso de reforma de la anquilosada iglesia medieval, sobrecargada de penitencias, peregrinaciones, ayunos, absoluciones, austeridad, misas, reliquias, indulgencias y tantas otras actividades que daban cuenta de su intención de alcanzar la salvación por medio de las obras humanas.
Con el antecedente de Juan Wycliff, quien ya había hecho traducir la Biblia al inglés, la Iglesia de Inglaterra era campo propicio para recibir este redescubrimiento, al influjo del cual brotó una gozosa libertad espiritual imposible de ser contenida por las formas medievales.
La ley que negaba la supremacía papal, presentada por el rey al Parlamento en 1534, dio inicio a la Reforma de la Iglesia en Inglaterra.

Una Iglesia bíblica
El único avance en tiempos de Enrique VIII fue la provisión de biblias en inglés para cada iglesia local. El ímpetu reformador se produce bajo Eduardo VI, período en el cual el entonces Arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, elabora el “Libro de Oración Común” cuyo origen y propósito es la búsqueda y establecimiento de la verdad bíblica en la vida de la iglesia y de los creyentes. Este libro y sus ediciones posteriores han impreso en el anglicanismo su carácter distintivo.

Una Iglesia comprensiva
Los sufrimientos propios del proceso reformador impulsaron a la Reina Isabel I a darle a la Iglesia un carácter comprensivo y tolerante “no inquiriendo demasiado en las consciencias”. Los 39 Artículos de Religión, aprobados en 1562, definieron los límites de esta política comprensiva, estando la Iglesia dispuesta a la permanente revisión de su teología y de su práctica a la luz de las Sagradas Escrituras.
La expansión de la Iglesia Anglicana todo el mundo, penetrando en las más variadas culturas, ha sido posible gracias a ese espíritu comprensivo que, confiando en la autoridad del Espíritu Santo, evita forzar a sus fieles una conformidad absoluta.

Una Iglesia católica y protestante
La Iglesia Anglicana se considera a sí misma parte genuina de aquella verdadera iglesia, la Iglesia universal, que en todas partes y por todos los siglos ha confesado a Jesús como su Señor y Salvador, no olvidando nunca que la tradición eclesiástica es inferior a la tradición apostólica contenida en la Escritura. Y es precisamente este punto el que explica su protestantismo: no como oposición al catolicismo original sino como su salvaguardia, pues conservar el valor autoritativo de la tradición apostólica es precisamente el objetivo de la Reforma protestante.

Una Iglesia sudamericana
No detallaremos aquí la gran obra del anglicanismo en Brasil y otras zonas del norte de Sudamérica, sólo daremos un panorama de su participación en el cono sur, en donde además de establecer capellanías inglesas en varias ciudades, inició una sacrificada labor entre los nativos de la Patagonia, del Chaco y de la Araucanía.
El capitán Allen Gardiner llega a Chile en 1838 con el proyecto de llegar al pueblo mapuche. Las dificultades le imponen un cambio de objetivo, trasladándose a Tierra del Fuego, a la tierra de los yaganes. En 1851, el entregaría su vida por Cristo, muriendo de hambre en esas lejanías. Pero la Sociedad Misionera para Sudamérica (SAMS) que fundara en 1844 para sostener su empresa misionera permanecería y daría frutos. La inspiración provocada por su compromiso causó que se hicieran muchas ofrendas: tanto materiales como vidas consagradas a la misión. La misión al Chaco, de Barbrooke Grubb (1890), y la misión araucana, de Carlos Sadlier (1894) han seguido hasta hoy, y su influencia en el campo de la educación, la salubridad y el desarrollo son, junto con la obra evangelizadora, un testimonio de su entrega.
En 1958, en la Conferencia de Lambeth, los obispos de la Comisión Anglicana recomendaron la extensión de la misión evangelizadora más allá de los indígenas: a todos los que no conocían a Cristo. En respuesta a este desafío vemos que Brasil y el cono sur de América se han desarrollado al punto de llegar a ser provincias autónomas, en tanto que las diócesis de Centroamérica avanzan rápidamente hacia ello, aumentando el número de sus congregaciones y la ordenación de ministros nacionales.

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